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¿Por qué la igualdad de géneros es buena para todos?-Michael Kimmel

Porque no se trata de un juego sino de una victoria para ambos géneros que da como resultado más felicidad.

Estoy aquí en calidad de hombre blanco de clase media, aunque no siempre he sido un hombre blanco de clase media. Para mí todo cambió hace unos treinta años, cuando estaba en la universidad y un grupo de estudiantes nos reunimos y dijimos: «Oye, ¿os habéis fijado que, aunque estamos viviendo un boom de teoría feminista, todavía no existen cursos sobre el tema?». Así que tomamos cartas en el asunto y pensamos: «Pues vale, vamos a crear un grupo de estudio: leemos un texto, debatimos sobre él y luego preparamos algo de cenar con lo que haya en la nevera».
Así,todas las semanas nos reuníamos once mujeres y yo, leíamos algún texto sobre teoría feminista y hablábamos sobre él. Y durante una de esas reuniones, fui testigo de un intercambio de opiniones que cambiaría mi vida para siempre. Fue una conversación entre dos mujeres. Una era blanca y la otra negra. Sé que ahora esto suena prehistórico, pero la cuestión es que la mujer blanca dijo: «Todas las mujeres, por el hecho de ser mujeres, sufren la misma opresión; todas ocupan una posición similar en el patriarcado y, por lo tanto, entre todas sienten una especie de solidaridad o sororidad intuitiva». Y la mujer negra le respondió: «No estoy segura de lo que dices. Deja que te haga una pregunta: cuando te ves en el espejo por la mañana, ¿qué ves?». «Veo a una mujer», dijo la mujer blanca. A lo que la otra contestó: «Pues verás, ese es el problema. Porque cuando me veo en el espejo por la mañana, yo veo a una mujer negra. Para mí la raza es visible; pero para ti es invisible porque no la ves». Y añadió algo que no esperaba escuchar: «El privilegio funciona así: es invisible para los que lo poseen».
A las personas blancas les diré que no tener que pensar sobre su raza a cada segundo es un lujo. Pero claro… el privilegio es invisible para los que disfrutamos de él.
Tened en cuenta que yo era el único hombre de aquel grupo, así que cuando presencié este momento, exclamé: «¡Vaya por dios!”. Y una de ellas me preguntó por qué lo decía. «Es que cuando me veo en el espejo por las mañanas, veo a un ser humano. Soy el ser humano por excelencia: hombre blanco de clase media. No tengo raza, no pertenezco a ninguna clase, no tengo género. Soy de los más insípido», respondí.

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