Saltar al contenido

José Manuel Picó prologa a Francesco Tonucci

Como nos recuerda Jose Manuel Pico en su prólogo, la ciudad de Tonucci es la gran escuela de la vida.

Desde los primeros meses de vida de mis hijos, tomé la determinación de leerles cada noche. Antes de dormir, soñábamos despiertos momentos de emocionante complicidad, en los que compartíamos cuentos, poesías y aventuras. Durante aquellos primeros años, hubo una lectura preferida: El principito de Saint-Exupéry.
Según iban creciendo, fueron varias las ocasiones en que leímos aquel maravilloso capítulo 4, en el redescubríamos el lugar de procedencia de nuestro principito, aquel famoso asteroide B 612. Y en el que también el autor nos transmitía que «los niños deben ser indulgentes con las personas mayores» y que «no debían guardarles rencor» por el hecho de que les gusten tanto las cifras y tan poco lo esencial de las cosas.
Cuando escuché la conferencia de Francesco Tonucci, entendí mejor que nunca el verdadero significado de aquellos párrafos.
Cuenta Francesco que el juego, el movimiento y la infancia deben ser sinónimos, y que las ciudades son los escenarios adecuados para entender dicha interacción. Pero lamentablemente, nuestras ciudades no están pensadas para que esta conexión se favorezca, ni siquiera están pensadas para nuestros niños.
El Diccionario de la Lengua Española, escrito por personas mayores, define «ciudad» como el «conjunto de edificios y calles, regidos por un ayuntamiento, cuya población densa y numerosa se dedica a actividades no agrícolas». No debemos guardarles rencor a los autores de esta definición, pues debemos comprender que es la que ellos entienden. Pero frente a la fría definición del DLE, Walter Morroni se aproxima a nuestras ciudades de una forma mucho más social: «La ciudad es una realidad física, tangible. Pero también es, inequívocamente, una construcción social: es el proyecto de una sociedad, de un lugar y un momento determinado, con su ideología, su cultura, su ética y sus valores».
Sin embargo, nosotros los niños, preferimos no tomarnos estas cosas tan a la ligera, y recordar aquellas cariñosas palabras de Eugenio Espejo: «La ciudad no consiste en casas, pórticos ni plazas públicas: son las personas las que la forman».
Esa es la ciudad que ansiamos. Esa ciudad-escuela en la que los niños pueden comprometerse con el juego, con el movimiento y con su propia infancia.
Hundertwasser, el multifacético artista austriaco, decía que toda persona tienes cinco pieles: la epidermis, nuestra primera piel, la de la infancia, la que nos conforma y es conexión de nuestro yo interior con el exterior; la segunda piel, la ropa, o como nos envolvemos para presentarnos ante los demás; la tercera piel, el espacio, escenario de nuestras actividades diarias, que nos protege y proporciona confort; la cuarta, nuestro entorno, nuestra comunidad, nuestra ciudad; y por último, la quinta piel, la humanidad como entorno global, sensación de pertenencia a algo mucho mayor que nosotros mismos.
De algún modo, nuestras ciudades representan la mayoría de los estratos de estas cinco pieles, y conforman los escenarios adecuados para que los niños puedan sentirse identificados, conectados y protegidos; lugares donde prevalece el derecho a dedicarse a jugar.
Si Loris Malaguzzi predicaba que el espacio es maestro de niños, y por ello ha de ser amable, habitable, estético, relacionar y divertido, la ciudad de Tonucci es la gran escuela de la vida, aquella en la que el trabajo es juego, donde el niño juega por jugar y aprende por el placer (y no por el deber) de aprender jugando.
«Era una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía la necesidad de un amigo…»*
* De El principito, de Antoine de Saint-Exupéry

José Manuel Picó
Humanista y arquitecto, fundador de Espacios Maestros.

VER LIBRO

GASTOS DE ENVÍO GRATIS Descartar

Pin It on Pinterest

Share This