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Iñigo Mtz. de Mandojana Valle» prologa a Kitimbwa Lukangakye

Como señala Iñigo «necesitamos historias como las de Kitimbwa, que nos recuerdan que se puede bailar y que debemos hacerlo».

Iñigo Mtz. de Mandojana Valle, educador social y psicopedagogo, nos regala este prólogo:

La vida no es un musical, pero se puede bailar» podría ser el título de la charla de Kitimbwa. Un primer visionado puede parecerlo; un niño abandonado, maltratado, marcado y sin identidad que encuentra varias personas a lo largo de su vida que convierten su dolor en música. Fin. Te vas con el subidón coral de su cara sonriente en todo momento y los aplausos de la gente donde parece que hacer el milagro de convertir Mordor en Pixar es cuestión de música. Pues no, esa sería una lectura superficial y desperdiciada de lo que realmente Kitimbwa nos regala: una narrativa resiliente, con todas sus letras y su significado.

No, la resiliencia no es un musical de Fred y Ginger, ni un teatro con luminosos en Broadway. Es un proceso de rabia, de odio, de sentirte una mierda y sin un sentido en la vida. Lo más parecido a una melodía desgarradora de un saxo nocturno en un pub suburbial. Un ensayo donde interpretas un papel que no te gusta pero que es el que te ha tocado. O no, porque lo que encierra Kitimbwa detrás de su sonrisa, es una historia de «conmigo no contéis». Y curiosamente va poniendo encima de la mesa todos los elementos imprescindibles para que esa magia llamada resiliencia pueda darse.Lo primero de todo, «maestros» como él los llama (tutores de resiliencia diría yo) que a través de su incondicionalidad le permite a Kitimbwa escuchar y sintonizar con su ruido interno, ese que no le deja escuchar la música para bailar. Esos maestros son la clave, porque le aportan lo que todo traumatizado necesita: calor, incondicionalidad, afecto y un contexto posibilitador. Unos apoyos que le permiten dar un golpe encima de la mesa y decir «a mí nadie me forja el destino».

Pero eso no es más que el primer tema de su banda sonora, porque ahora le toca reconciliarse con ser negro, con ser musulmán, con ser hombre, con ser de una tribu, con ser un niño abandonado y eso sólo se puede a través del significado. Con todo lo que le generaba dolor y a su vez le daba un sentido a su presencia en el mundo. Y a través de su narrativa vital va desentramando lo que Cyrulnik llama el oxímoron de la resiliencia cuando dice: «ser huérfano me posibilitó tener tres licenciaturas». Ese abandono le salva la vida. Ser un «sin nadie» le dio alas. Comienza a perdonar, a ver el lado amable de las cosas y a dar sentido a su vida donde la hostilidad poco a poco se va convirtiendo en hospitalidad.

La vida no es un musical, muchas veces es cruel y despiadada. Puede ser el cuadro de Guernica, una avalancha en el campo tres del Everest. Sin embargo necesitamos historias como las de Kitimbwa, que nos recuerdan que se puede bailar y que debemos hacerlo porque es la manera de demostrar que el ser humano cada vez es más humano y que lo importante no es lo que nos pasó, sino lo que hacemos con lo que nos pasó.
Iñigo Mtz. de Mandojana Valle

Iñigo Mtz. de Mandojana Valle
Educador social y psicopedagogo
Asociación Educativa Biraka- Profesionales del BuenTrato
http://www.biraka.org/

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