Mª Elena Rodríguez Borrajo prologa a Rosa Mª Fernández

Mª Elena Rodríguez señala como las culpas salpican a los padres, quienes pueden considerar que no son lo suficientemente buenos.

En una tarde de consulta, recibí un email de alguien que decía ser profesora universitaria y quería consultarme acerca de las dificultades de uno de sus hijos. Recuerdo que me hizo llegar su desconcierto ante las habilidades del niño ‒un muchacho listo, rápido y decidido‒ que nada tenían que ver con sus inhabilidades, como ser incapaz de descifrar el lenguaje escrito o manejar el complejo mundo de las relaciones sociales. Había ido acumulando una serie de diagnósticos y la madre temía que no solucionarían el tema. Al final del email, añadió: «una cosa es hablar de él y otra cosa es tenerlo delante, así que me gustaría que lo vieses».
Evidentemente me cité con la familia, y después de un periodo en el que me dediqué a entender qué es lo que sucedía, unos dos meses después, creí tener una hipótesis fundamentada sobre cuáles eran las dificultades del niño y por qué se daban, y también, quizás, una somera idea de cómo aminorar alguna de ellas.
Una de las cosas fundamentales que he aprendido, es a ayudar a la familia a comprender el porqué de las dificultades. Esto evita que se inicie la lluvia de culpas que suele producirse cuando no entendemos el porqué de las cosas. Las culpas salpican a los padres, quienes pueden considerar que no son lo suficientemente buenos; o a los chicos, que pueden creerse la fuente de la dificultad; o pueden caer sobre la genética, lo no suficientemente buena y además convenientemente lejana.
Así que comencé a explicarle cómo la privación temprana había afectado a su niño cuando fue dado en adopción y cómo las diferentes partes de su cerebro estaban alteradas en su estructura y en su funcionalidad. Para ello, y esperando ser más clara en mis explicaciones, le dije que cerrara el puño para hablarle acerca de su parecido con las tres partes del cerebro: el cerebro más primitivo, representado por el pulgar escondido en el centro, nos estaba jugando una mala pasada y por ello tenía a su niño en hipervigilancia; y el neocórtex, representado por el resto de los dedos, podía ser una parte del cerebro igualmente comprometida, dadas las circunstancias de crecimiento de su hijo.
Así cumplía yo con las enseñanzas del profesor Rygaard , de quien aprendí el truco didáctico del puño, y mi alumna ‒autora de este libro‒ asintió con interés a todas mis explicaciones. Como también sé que la base del conocimiento es la repetición, no me harté de repetirle la cuestión de la base neurológica de las dificultades del muchacho.
Pasado algún tiempo, en uno de nuestros encuentros, no sé por qué le pregunté: «Rosa, ¿tú a que te dedicas?», y con pasmosa tranquilidad y sin un mínimo atisbo de revancha, me reveló: «Ah, yo soy bióloga; trabajo en la estructura cerebral».
Así fue como conocí a Rosa María Fernández, y a día de hoy me sigo sintiendo afortunada de contar con su amistad, pese a que los cinco hijos que sumamos entre las dos nos hagan difícil tomar un café.
Mª Elena Rodríguez Borrajo

Mª Elena Rodríguez Borrajo
Terapeuta infantil, especialista en desamparo temprano
Directora Alèn, Centro de Atención Psicológica a la infancia

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